Jueves 10 de setiembre de 2026
CUSI CUSI – PAICONE – CIÉNAGA DE PAICONE – VALLE DE MARTE – RIO MOJON – SAN JUAN DE ORO – QUEBRADA DE OROS – OROS – CABRERÍA – ORATORIO – SANTA CATALINA
Hoy teníamos un largo día con varios largos desvíos de la RN40 y no nos queríamos perder ninguno; el combustible podía ser un limitante y al comentarlo, apareció la opción de agregar unos 15 litros en un almacén del pueblo.
Nafta súper en bidones de 5 litros a 3000 $/litro es razonable en esas soledades.

La RN40 sigue deslumbrante, con sus paisajes imponentes, multicolores y multiformes.
Nos apartamos para entrar en Paicone y Ciénaga de Paicone hermosos y típicos pueblos puneños y seguimos de largo para conocer el Valle de Marte, en el límite con Bolivia.










El Valle de Marte es otro lugar excepcional. Pletórico de formas y colores, predominando el rojizo, es una invitación a disfrutar y fotografiar.










A lo lejos vimos las banderas de Argentina y Bolivia y nos arrimamos al límite fronterizo; no había barreras ni gente, solo algunas llamas, y nos tentamos a seguir un poco ya que el paisaje lo ameritaba. No era «demasiado» ilegal porque no había ninguna barrera o impedimento, así que seguimos unos kilómetros. Andy quería recordar un viejo y difícil vadeo en el río Mojón y allí nos dirigimos.

A unos 10 km de andar, y sin cruzarnos con nadie llegamos al lugar cercano al vadeo, donde ahora, inexplicablemente había un enorme puente de hormigón digno de una autopista.




El rio Mojón completamente cercado en ambas orillas por altos acantilados socavados por la corriente era una hermosa postal. Hasta aquí llegamos, aunque seguíamos sin controles a la vista.







El regreso hasta la frontera fue con un poco de resquemor; nunca se sabe que puede ocurrir en estas situaciones, pero finalmente no pasó nada y la cuota de adrenalina de hacer algo “prohibido” la pudimos cumplir sin consecuencias.
Otra vez el Valle de Marte nos volvió a sorprender al recorrerlo en sentido inverso, con otra perspectiva y otras iluminación.









De nuevo en la RN40, al cabo de unas decenas de kilólemtros, cruzamos el río Granadas y atravesamos el pequeño caserío de San Juan de Oro con construcciones de adobe en diferente estado de conservación y una prolija capilla.








Al salir del poblado, cruzamos el río Quebrada de Oros, aunque cinco kilómetros después y por 19 kilómetros la ruta 40 se desarrolla por el mismísimo cauce del río, en forma temporaria.
Durante el verano, este sector está clausurado ya que la prioridad la tiene el agua de las lluvias, pero en esta temporada invierno-primavera es transitable y es uno de los sectores más bonitos e impresionantes de la RN40.







En uno de los recodos de la quebrada, paramos a almorzar. Adriana y Andy nos deleitaron con unos tacos rellenos de carne de cerdo y pollo con todos los condimentos imaginables que hacían juego con el increíble lugar donde estábamos. Mejor restó, imposible.



Al salir de la quebrada, encontramos el otro poblado de nombre parecido, Oros, y allí nos desviamos de la 40 por el camino de las crestas hacia Cabrería. Este hermoso camino asciende hasta casi 4500 msnm y luego baja violentamente hacia el rio de Merco donde se encuentran los imponentes farallones de Cabrería, muy bien llamados el Talampaya de barro.





Poco más adelante, llegamos al pequeño poblado de Cabrería, casi en el límite con Bolivia otra vez.



Allí, Andy nos tenía reservado un momento emocionante del viaje, relacionado con la escuelita.
Unos años antes había llevado donaciones de útiles y en esta oportunidad volvía con una bandera, útiles y golosinas.
Si bien no había ni alumnos ni docentes porque justo caímos en la víspera del feriado del Dia del Maestro las dos auxiliares, Azucena Carrillo y Genoveva Carrillo, nos recibieron con la habitual hospitalidad norteña y nos mostraron el edificio y nos contaron que actualmente solo hay once alumnos.
Les dejamos las donaciones y nos retribuyeron con unos regalitos confeccionados por los padres de los alumnos.





La novedad es que en Cabrería han dispuesto un lugar para alojamiento muy bonito para quienes se animen a conocer estos parajes y deseen quedarse. Azucena lo administra.
De haber sabido tal vez nos hubiéramos quedado, pero nos esperaban en el hostal Don Clemente en Santa Catalina, así que nos despedimos y seguimos viaje después de haber conocido este ignoto e increíble lugarcito de los confines argentinos donde un puñado de familias hacen Patria de veras.
Nos dirigimos con rumbo a Oratorio, donde retomamos la RN40 y a apoco de andar llegamos a Santa Catalina. La idea original era ir y volver a El Angosto pero la fugaz visita al río Mojón y la estadía en Cabrería nos había llevado más de la cuenta por lo que nos fuimos a alojar directamente en la hostería.

Como no era muy tarde, con Adriana nos fuimos a caminar por el pueblo, casi desierto, disfrutando de la compañía de las pocas personas con las que nos cruzamos que nos contaban orgullosamente cosas de su lugar.
Todos nos decían que teníamos que visitar «La Isla». ¿Que es La Isla? Es efectivamente una isla en el río Santa Catalina, donde hay montado un escenario, donde alguna vez cantó Mercedes Sosa. Todos los que cruzamos recordaban ese evento y nos recomendaban visitar ese historico lugar para ellos.








Al volver a la hostería nos cruzamos con Eduardo, que con sus jóvenes 82 años nos pintaba la cara con su estado físico, salía también a caminar un poco por el poblado. Les recuerdo que estábamos a 3900 msnm…
Mientras esperábamos la cena en el hall del hotel, nos avisan que a Eduardo lo había mordido un perro y lo había lastimado mucho y que iba por sus propios medios al centro de Salud que estaba a dos cuadras. Salimos disparados a buscarlo y lo alcanzamos antes de que llegue.
Efectivamente confirma que “le había sacado un pedazo” pero increíblemente caminaba como si nada. Por suerte estaba la ambulancia del SAME de Jujuy y lo atendieron muy bien inmediatamente, aunque no tenían más que lo mínimo para la curación.
Propusieron llevarlo a La Quiaca, pero Eduardo se negó rotundamente. Claro, Eduardo es médico cirujano y sabía lo que implicaba un traslado y caer en un hospital. Nosotros no sabíamos que hacer, pero su firmeza ganó y nos quedamos en Santa Catalina, sin saber qué ocurriría mañana. ¿Se acabaría el viaje?
Mientras tanto, fuimos a la policía para hacer la denuncia y poder comprometer al dueño del perro para lo que lo mantenga atado y por otro lado para desligar al SAME por la negativa para ir a La Quiaca.
Lo curioso de este trámite a tres cuadras del hotel es que Andy lo acompañó a Eduardo, el herido, y al regreso de la comisaría, el que no daba más por la caminata a más de 3900 msnm era Andy…
Cenamos como pudimos y nos fuimos a acostar con la incertidumbre del día siguiente, ya que, para Andy, Adriana y yo, sólo quedaba regresar con el herido, pero Eduardo tenía otros planes